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Por Alvin Ellefson
Una cosa es que te hiera alguien en quien nunca confiaste. Otra muy distinta es que te hiera alguien cuya fe te llevó a pensar que era digno de confianza. La herida ocurre dentro de la relación, pero la confusión suele permanecer mucho tiempo después: ¿Cómo puede alguien parecer tan sincero en su fe y, aun así, dejar tanto daño a su paso?
La verdadera dificultad está en intentar conciliar dos realidades que parecen incompatibles: alguien parecía espiritualmente sincero y, sin embargo, su manera de actuar causó un daño real. Lo que hace que esto resulte tan desconcertante es descubrir que la fe y la madurez no siempre se desarrollan al mismo tiempo. Muchas personas suponen que, si las creencias de alguien son genuinas, su carácter reflejará naturalmente esas creencias en cada aspecto de su vida. Por eso, cuando una persona habla de Dios con convicción, demuestra un amplio conocimiento bíblico o parece profundamente comprometida con su fe, resulta razonable pensar que sus relaciones estarán marcadas por esa misma madurez.
La confusión comienza cuando la experiencia cuenta una historia diferente. El daño fue real, pero también lo era gran parte de aquello que parecía sincero. Esa tensión suele llevarnos a buscar una explicación sencilla: o su fe era falsa, o estamos exagerando el daño que causó. Sin embargo, ninguna de estas conclusiones explica por completo lo ocurrido. Lo que hace que la herida sea tan difícil de procesar es comprender que una persona puede estar creciendo en conocimiento y, al mismo tiempo, seguir arrastrando patrones de orgullo, egocentrismo, insensibilidad o inmadurez emocional que afectan a quienes la rodean.
Lo que realmente está en juego es la confianza misma. Si la sinceridad espiritual y la madurez en las relaciones no son necesariamente lo mismo, entonces debemos reconsiderar muchas de nuestras ideas acerca de qué hace que una persona sea segura, confiable o sabia. El dolor no se limita a lo que ocurrió. También nace de descubrir que una fe genuina y una madurez genuina, aunque están profundamente relacionadas, no siempre crecen al mismo ritmo.
Y acerca de lo sacrificado á los ídolos, sabemos que todos tenemos ciencia. La ciencia hincha, mas la caridad edifica.1 Corintios 8:1 (RVR1909)
Pablo cuestiona la idea de que el conocimiento espiritual sea la principal evidencia de crecimiento. Al dirigirse a creyentes que daban gran importancia a lo que sabían, señala una realidad más profunda: el conocimiento, por sí solo, no es una medida confiable de madurez. Una persona puede adquirir entendimiento, aprender la verdad y desarrollar convicciones firmes mientras ciertas áreas de su carácter permanecen prácticamente sin cambios. El conocimiento puede crecer más rápido que la humildad. Las convicciones pueden fortalecerse sin que haya un crecimiento equivalente en paciencia, amabilidad o consideración hacia los demás.
Esto ayuda a explicar por qué el conocimiento a veces puede convertirse en una fuente de orgullo en lugar de ponerse al servicio de los demás. Cuando la verdad se acumula principalmente como conocimiento en vez de encarnarse en la manera de vivir, puede crear una apariencia de madurez sin producir sus frutos. Una persona puede creer sinceramente en lo que es verdadero y, aun así, utilizar esa verdad de maneras que menosprecien, presionen, ignoren o hieran a otros. El problema no está en la verdad misma. El problema es que la verdad ha penetrado más profundamente en la mente que en las motivaciones, las actitudes y los hábitos relacionales que dan forma a nuestras interacciones cotidianas.
Pablo contrasta esto con el amor porque el amor revela algo que el conocimiento por sí solo no puede mostrar. El amor se hace visible en el efecto que tiene sobre los demás. Fortalece en lugar de debilitar. Edifica en lugar de menospreciar. Considera el bienestar de los demás en vez de limitarse a afirmar lo que es correcto. Por eso este versículo aporta tanta claridad a experiencias tan dolorosas. La fe de una persona puede ser auténtica y, sin embargo, si su carácter no ha madurado tanto como sus convicciones, quienes la rodean todavía pueden sufrir un daño real. La presencia de fe no significa automáticamente que cada aspecto de la vida de una persona haya sido transformado en la misma medida.
Conocer la verdad puede transformar lo que una persona cree; el amor revela si esa verdad ha transformado su manera de relacionarse. La evidencia más clara de madurez no está solamente en lo que una persona comprende, sino en cómo ese entendimiento edifica a quienes la rodean.
Uno de los ajustes más difíciles después de haber sido herido por un creyente sincero es aceptar que la fe y la madurez no siempre avanzan al mismo ritmo. Comprenderlo no borra el daño, pero puede aportar claridad a la confusión que queda después. En lugar de sentir que debes elegir entre «su fe era falsa» y «mi dolor no es válido», puedes empezar a reconocer que la sinceridad espiritual y la inmadurez en las relaciones pudieron estar presentes al mismo tiempo.
Comprender esto cambia nuestra manera de evaluar la confianza. La atención deja de centrarse únicamente en lo que una persona sabe, dice o cree y comienza a dirigirse hacia el efecto que su carácter tiene sobre quienes la rodean. El amor deja de ser simplemente una creencia que se afirma y se convierte en una evidencia que puede observarse. Con el tiempo, esta perspectiva nos ayuda a distinguir entre convicción espiritual y madurez en las relaciones sin necesidad de negar ninguna de las dos.
Muchas personas pueden recordar momentos en los que la seguridad espiritual que alguien proyectaba las hizo sentirse más protegidas de lo que la madurez relacional de esa persona realmente justificaba. Al mirar hacia atrás, quizá las señales de conocimiento eran más fáciles de reconocer que las señales de amor. Y el dolor suele profundizarse cuando habíamos dado por hecho que ambas cosas eran lo mismo.
¿Qué expectativas acerca de la confianza surgieron de esa suposición? ¿Qué cualidades consideraste señales de que alguien era una persona segura cuando quizá eran, más bien, señales de sinceridad? A veces, la sanidad comienza cuando permitimos que la realidad sea más compleja que las explicaciones sencillas a las que recurrimos al principio.
La lección no es volvernos cínicos respecto a la fe, sino aprender a discernir la madurez con mayor sabiduría. El carácter no se revela únicamente a través de las convicciones, sino también en la manera en que esas convicciones afectan a otras personas. Aprender a reconocer esta diferencia puede ayudarnos a proteger la confianza sin endurecer el corazón, permitiendo que crezca la sabiduría sin que el cinismo tenga que ocupar su lugar.
- Alvin Ellefson
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