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El miedo que te obliga a fingir que estás bien

Por Alvin Ellefson

La parte más difícil no siempre es derrumbarse. A veces, lo más difícil es derrumbarse en silencio mientras sigues respondiendo mensajes, cumpliendo con todo, sonriendo y diciendo: “Estoy bien”. Con el tiempo, el esfuerzo de sostener esa apariencia pesa más que el dolor mismo.

No solo estás agotado por el dolor; también estás agotado de sostener la imagen de que no pasa nada. Ese tipo de cansancio es distinto. No nace únicamente de lo que viviste, sino del esfuerzo constante por evitar que alguien lo note. Aprendes a funcionar estando quebrado por dentro, a responder sin revelar demasiado, a mantener el rostro firme mientras algo dentro de ti pide ayuda.

El miedo más profundo es creer que, si eres honesto, quedarás expuesto, aunque fingir ya te haya dejado solo. Tal vez piensas que, si los demás ven la verdad, la malinterpretarán, la minimizarán o la usarán en tu contra. Entonces te proteges con silencio, pero el silencio empieza a costarte más de lo que imaginabas. Lo que parecía mantenerte a salvo termina alejándote del consuelo, del cuidado y de la sanidad.

Mas el que obra verdad, viene á la luz, para que sus obras sean manifestadas que son hechas en Dios.
Juan 3:21 (RVR1909)

Este pasaje muestra que la verdad no es solo algo que creemos; es un lugar hacia el que nos acercamos. Dios no espera en la luz para avergonzar lo que está roto, sino para sacar a la superficie lo que ha quedado enterrado bajo la supervivencia, el miedo y la autoprotección. Su luz no expone para humillar. Expone para que aquello que ha estado oculto pueda finalmente verse con honestidad.

El error es pensar que quedar expuesto es el enemigo, cuando en realidad el secreto es lo que mantiene el dolor sin tratar. Muchas veces creemos que escondernos nos da control, pero también nos impide recibir lo que la verdad hace posible. El dolor que nunca se nombra es más difícil de sanar. El miedo se vuelve más fuerte cuando permanece resguardado de la luz.

Esto no significa que la honestidad sea fácil ni que la vulnerabilidad deba vivirse sin sabiduría. Significa que la sanidad requiere alejarse de la falsa seguridad de fingir. La verdad de Dios te llama a salir del aislamiento sin exigirte primero demostrar fortaleza.

Aquello que escondes para sentirte seguro muchas veces termina siendo lo mismo que te mantiene herido. El dolor oculto puede parecer protegido, pero también permanece sin sanar.

El cambio comienza cuando dejas de medir la fortaleza por qué tan bien ocultas lo que te duele. No necesitas anunciar tu dolor a todo el mundo, pero quizá sí necesitas dejar de negarlo delante de ti mismo. La honestidad puede empezar en una oración silenciosa, en una página escrita con sinceridad o en una conversación con alguien seguro.

En lugar de decir “estoy bien” por costumbre, elige palabras que dejen espacio para la realidad sin sentir que debes explicarlo todo de inmediato. Permite que tus acciones reflejen la verdad de que eres humano, no un fracaso. Tal vez eso signifique descansar antes de colapsar, pedir apoyo antes de llenarte de resentimiento o admitir que algo todavía te afecta.

La meta no es exponerte por exponerte, sino comenzar a sanar cuando la verdad deja de sentirse como una amenaza.

Piensa en los lugares donde has confundido estar oculto con estar seguro. Puede haber dolores que has llevado tan en privado que incluso ponerles nombre te parece una debilidad. Pero, ¿qué ha protegido realmente el fingir, y qué te ha ido quitando en silencio?

La luz de Dios no te exige estar menos herido para acercarte. Te ofrece un lugar donde la herida puede dejar de ser administrada y comenzar, por fin, a sanar.

No tienes que seguir demostrando que estás bien para ser amado por Dios. La luz no es una amenaza para lo que está roto; es misericordia alcanzando aquello que ha estado demasiado tiempo en soledad. Existe una seguridad más firme que el secreto, y comienza con la verdad.

- Alvin Ellefson

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