Leer
Por Alvin Ellefson
Es curioso cómo actúa la vergüenza. Cuanto más necesitas ayuda, más te convence de esconderte. Y cuanto más consciente eres de lo que no está bien en tu interior, más difícil parece acercarte a Aquel que esperas que pueda restaurarlo.
El temor más profundo no es simplemente reconocer que tienes defectos, sino creer que esos defectos han hecho que ya no puedas acercarte a Dios. La vergüenza tiene una manera particular de convertir la debilidad en distancia. Te susurra que tus fracasos han cambiado la forma en que Dios te ve, que tus luchas te han dejado fuera del alcance de su acogida. En lugar de ver tu necesidad como una razón para acercarte, comienzas a verla como un motivo para mantenerte lejos. Lo que empieza como conciencia de aquello que está mal poco a poco se convierte en la convicción de que debes cargar con ello a solas.
Esto genera un doloroso conflicto interior. Sabes que necesitas ayuda, pero la vergüenza te convence de que buscarla es precisamente algo que ya no tienes derecho a hacer. Cuanto más consciente eres de tus limitaciones, más incómodo te sientes ante la presencia de Dios. En lugar de acercarte a Él con sinceridad, sientes que primero debes mejorar, primero debes vencer tus luchas o, de alguna manera, volverte más aceptable. Sin embargo, aquello que intentas corregir por tu cuenta suele ser precisamente aquello que menos puedes sanar por ti mismo.
Lo que realmente está en juego no es solo si lograrás superar una lucha determinada, sino si crees que la invitación de Dios sigue siendo para ti aun en medio de ella. La vergüenza presenta tu necesidad como una prueba de que deberías mantenerte lejos, cuando en realidad esa necesidad es precisamente la razón para acercarte. Mientras creas que primero debes ganarte la aceptación para poder recibir ayuda, permanecerás atrapado en un ciclo que te mantiene lejos de la misericordia que tanto necesitas.
Y oyéndolo Jesús, les dice: Los sanos no tienen necesidad de médico, mas los que tienen mal. No he venido á llamar justos, sino pecadores á arrepentimiento.Marcos 2:17 (RVR1909)
La comparación que Jesús hace con un médico da un giro profundo a la manera en que muchas personas entienden a Dios. El consultorio de un médico es uno de los pocos lugares donde la necesidad no es un impedimento para ser recibido, sino precisamente la razón por la que se te recibe. Nadie espera estar completamente sano antes de buscar tratamiento. Es su condición la que hace necesario acudir al médico. Cuando Jesús se describe de esta manera, revela algo esencial acerca del corazón de Dios. Nuestra condición quebrantada no lo sorprende ni hace que retire su invitación. Él se acerca a quienes reconocen su necesidad, porque ayudar a quienes lo necesitan es precisamente una de las razones por las que vino.
Esto deja al descubierto una confusión muy común acerca de cómo acercarnos a Dios. Muchos suponen que ser dignos es lo que abre la puerta y que la misericordia está reservada para quienes ya han avanzado considerablemente. Sin embargo, Jesús señala en la dirección opuesta. Al decir que vino por los pecadores, deja claro que reconocer nuestra necesidad no nos descalifica, sino que es un paso necesario para recibir la gracia. La cuestión no es si una persona tiene luchas, fracasos o debilidades. La cuestión es si está dispuesta a sacar esas realidades a la luz en lugar de esconderlas detrás de una apariencia de autosuficiencia.
Visto desde esta perspectiva, el mensaje de la vergüenza queda al descubierto como lo que realmente es: una distorsión de la verdad. La vergüenza dice: «Vuelve cuando estés mejor». Jesús dice: «Ven porque necesitas ayuda». La vergüenza convierte la debilidad en una puerta cerrada; Jesús la presenta como la razón misma por la que extiende su invitación. El evangelio no comienza con personas demostrando que son dignas de recibir la atención de Dios. Comienza con Dios recibiendo a quienes reconocen que no pueden sanarse a sí mismos y ofreciéndoles una misericordia que jamás podrían producir por sus propios medios.
Creer que debes sanarte a ti mismo antes de acercarte a Dios te mantiene lejos de la sanidad que estás buscando. No es tu propio mérito, sino reconocer sinceramente tu necesidad, lo que te permite entrar por la puerta de la misericordia de Dios.
La imagen del médico te invita a reconsiderar qué hace que una persona pueda acudir a Dios en busca de ayuda. Tu necesidad no es un obstáculo para que Él te reciba; es la razón por la que su acogida existe. Cuando comprendes esto, aquellos momentos que antes te producían vergüenza comienzan a adquirir un significado diferente. En lugar de preguntarte cómo ocultar tu debilidad, empiezas a estar más dispuesto a reconocerla con sinceridad. La energía que antes dedicabas a intentar parecer más fuerte de lo que eres puede dirigirse ahora hacia la confianza.
Incluso las luchas que continúan presentes ya no tienen por qué convencerte de que la invitación de Dios ha caducado. Su disposición a encontrarse contigo no depende de cuánto hayas avanzado, sino de su misericordia hacia quienes reconocen que la necesitan. Comprender esto abre un espacio donde la sinceridad, la humildad y la esperanza pueden coexistir.
La vergüenza suele alterar la manera en que una persona interpreta el silencio de Dios, su corrección e incluso su presencia. Lo que comienza como conciencia de una debilidad puede convertirse poco a poco en la creencia de que ya no eres bienvenido. Muchas personas cargan con esa convicción sin darse cuenta de cuánto influye en su relación con Dios. Cuando piensas en las áreas de tu vida que parecen más difíciles o que aún no se han resuelto, ¿las ves como razones para evitar a Dios o como razones para buscarlo? La respuesta puede revelar qué voz has estado escuchando con mayor atención.
Lo que la vergüenza presenta como una razón para alejarte puede ser, en realidad, una invitación a acercarte. Aquello que más te hace sentir indigno suele ser precisamente el lugar donde la misericordia adquiere un significado más profundo. No tienes que mantenerte a distancia hasta que hayas logrado arreglarte por tu cuenta. Dios recibe a las personas precisamente allí donde descubren que no pueden hacerlo solas.
- Alvin Ellefson
Continúa Este Tema
Sigue Creciendo
Únete a Caminando en Sabiduría Semanal para recibir un breve devocional y un paso práctico cada martes.
Explorar Más